Nevado Santa Isabel: un gigante a punto de desaparecer

El deshielo del glaciar del nevado Santa Isabel es una contundente señal del cambio climático y una oportunidad para concientizar a los colombianos sobre la importancia de los ecosistemas de alta montaña. 

Hacia 1855, Manuel María Paz, dibujante de la Comisión Corográfica, pintó una lámina en la que plasmó la cotidianidad en San Victorino, uno de los barrios más importante de Bogotá en el siglo XIX y puerta de entrada para los viajeros provenientes de Honda, el puerto sobre el río Magdalena que comunicaba a la capital con el Caribe colombiano y el mundo.

En un primer plano se ven las damas con sus mantillas en la cabeza y vestidos anchos y los hombres con elegantes fracs y sombreros de copa o con humildes ruanas y sombreros recorriendo la plaza de San Victorino. Unos montan en caballo, en carruajes o andan a pie, otros parecen conversar. Al fondo hay una tienda, seguida de una pared que encierra un solar. El día está despejado, razón por la que el dibujante caucano de 35 años plasmó a lo lejos los nevados de Tolima, Quindío, Santa Isabel y Ruíz cubiertos por grandes y blancos glaciares que se asoman sobre la cordillera central. 

1986

Imagen: Jair Ramírez Cadena, Servicio Geológico Colombiano.

2020

Imagen: dron Ideam, JL Ceballos

Los cuatros nevados en el horizonte intrigaron y maravillaron a propios y extraños. Viajeros, exploradores, geógrafos, aventureros y novelistas los describieron o pintaron en sus diarios o novelas costumbristas. Hacia inicios del siglo XIX, cuando en el entonces virreinato de la Nueva Granada comenzaban a soplar los vientos de la Independencia, el recién llegado naturalista alemán Alexander Von Humboldt, asombrado por la cadena de nevados de la cordillera central que se podía divisar desde distintos ciudades y pueblos de la región andina, escribió:

En los Andes no había visto estas estratificaciones de granito. Las más altas cumbres, nevados, aquí se distinguen mediante figuras en forma de torres y castillos, y casi siempre por conos enormemente truncados; así el Tolima, Quindío y Ruiz; a lo lejos aparecen como conos truncados, como pirámides, y así es la vista de las cadenas de los Andes desde Santa Fe, desde el Monserrate, desde Honda, tan grotescas que yo creí ver la montaña de Euganei desde la torre de Marcus, cerca de Venecia; (…)Mientras más cerca de Melgar, de Cartago, de Ibagué, lo grotesco cambia, pero los nevados siempre aparecen como masas en formas de torres y casas (por eso arquitectónicas) de construcción sencilla”.

Ochenta años más tarde, el escritor español José María Gutiérrez de Alba, quién recorrió el país entre 1870 y 1884, con la misma pasión y asombro que Humboldt describió y dibujó el paisaje de las cumbres nevadas de la cordillera central. En sus diarios que reposan en la Biblioteca Luis Ángel Arango, Alba dejó sus impresiones sobre los nevados: “Al llegar al alto llamado del ‘Sargento’, volvimos a recrear nuestra vista con el espléndido panorama que se extendía a nuestros pies por las vegas del Magdalena, cubiertas de innumerables ganados, y teniendo por horizonte hacia el oeste las empinadas montañas coronadas por las nieves perpetuas de los páramos de Santa Isabel, del Ruiz y del Tolima. Por el centro del valle deslizábase tranquilo y majestuoso el ancho Magdalena

Fotografías: IGAC - Satélite PlanetScope
Fotografías: IGAC - Satélite PlanetScope

Hoy, el paisaje que describieron Humboldt, Paz y Gutiérrez de Alba, ha cambiado de manera radical y en un futuro no muy lejano los colombianos no volverán a ver en el horizonte las cumbres nevadas de la cordillera central. Según el IDEAM, hacia 1960 el glaciar del nevado del Quindío desapareció. Entre 1850 y 2021 los nevados del Ruiz y Tolima perdieron más del 80 por ciento de su glaciar, al pasar de 47,5 km2 a 7,96 km2 y de 8,6 km2 a 0,50 km2, respectivamente. Y hoy, al nevado de Santa Isabel, solo lo cubre alrededor del 1 por ciento de glaciar que tenía en la época en la que Paz dibujó su lámina.

En solo cien años, entre 1850 y 1950, el nevado de Santa Isabel perdió las dos terceras partes de su glaciar y el deshielo de lo que quedaba se aceleró a partir de la década de los noventa. Guido Fernández, un veterano guardaparques que ingresó en 1984 a Parques Nacionales Naturales y que se conoce al parque Los Nevados como la palma de su mano, recuerda “la primera vez que ascendí al nevado de Santa Isabel fue a inicios de 1984, meses antes de que ocurriera la erupción del nevado del Ruíz, en esa época era una hazaña bastante difícil porque acá, al país, no se encontraba el equipo de montaña adecuado. La subida comenzaba desde la laguna del Otún. Teníamos una ruta por el sector de La Somadera y cogíamos hacia las lagunas, la de Víctor, la del Corazón y la Mariposa, en la parte alta y de ahí comenzábamos el ascenso”. 

Al pisar por primera vez el glaciar del Santa Isabel, Guido no pudo contener la emoción por lo que sentía y veía. “El glaciar era espectacular – cuenta –, era una sola mancha gigantesca que comenzaba más o menos a los 4.800 metros de altura y tenía unas capas gruesísimas y muy compactas. Ver esa majestuosidad era muy espectacular porque sus tres domos eran hermosos y ondulados y una solo veía una mancha continua de hielo”.

Milton, otro guardaparques que entró a Parques Nacionales Naturales diez años después de Guido y que también ha recorrido toda el área protegida de Los Nevados, cuenta que en 1995 “las tres cumbres, la norte, la norte y la sur estaban cubiertas por una capa de capa de glaciar. Si uno subía por el sector de La Conejera (en la parte norte del nevado) al glaciar lo bordeaban unas lagunas muy lindas del retroceso del glaciar. Hoy casi nada queda de eso”. 

Según el IDEAM, la aceleración del deshielo comenzó en la década de los 90 y se agudizó en los últimos siete años. Guido también tiene presente cuando el nevado Santa Isabel comenzó a cambiar de manera drástica: 

Estábamos en la laguna del Otún, eso era por ahí en 1996, y en uno de los recorridos por los sectores aledaños pudimos observar que entre la zona norte y la centro se empezó a ver una mancha negra grande. Desde ahí inició el proceso de descongelamiento de la zona norte que con el tiempo se incrementó. Se formaron unas cavernas en ciertos sectores y aparecieron muchas más corrientes de agua que alimentaban, por ejemplo, la cascada de Alsacia. Ahora hay una separación muy grande entre los glaciares de los picos norte, centro y sur”. 

De acuerdo con el IDEAM, de ese gran glaciar que cubría al nevado Santa Isabel en 1959, en 2020 sólo quedaban ocho pequeños glaciares: El Hongo, Conejeras, Cuadrado, Escondido, Otún Norte y Otún Sur. En 2022 estos dos últimos desaparecieron.

De acuerdo con los expertos, el rápido deshielo de Santa Isabel se debe al calentamiento global y a la actividad volcánica del Ruiz. La caída de ceniza y lapilli de este volcán, afirma un estudio del IDEAM, “disminuye la capacidad del glaciar para reflejar la energía incidente, acelerando el derretimiento por medio de la acumulación de energía. Este proceso ha sido tan acelerado y notorio que en menos de diez años el nevado ha dejado de ser una sola masa continua y actualmente se compone de ocho fragmentos separados”.

En conclusión, el glaciar del Santa Isabel en muy corto tiempo desaparecerá y es probable que el actual fenómeno de El Niño acelere este destino y lleve a su extinción al glaciar Conejeras. Una mala noticia, inevitable a estas alturas. Sin embargo, dejando a un lado el alarmismo, el fin de “las nieves perpetuas” estará acompañado de nuevos procesos ambientales. A la desaparición del glaciar le seguirá el avance de los ecosistemas de superpáramo y páramo, tal y como sucedió con el nevado del Quindío que ahora es un páramo.

La transformación paisajística del parque de Los Nevados y del nevado Santa Isabel es una importante oportunidad para estudiar de primera mano los efectos del cambio climático. El fin de los glaciares no significa la desaparición del Parque, porque esta área protegida es más que “las nieves perpetuas”. En sus más de 613 km2 se resguardan ecosistemas de bosque altoandino, páramo y superpáramo, fundamentales para alimentar las cuencas hídricas de la región y del río Magdalena.

El inevitable fin del glaciar del Santa Isabel puede dar pie para que los colombianos se concienticen de la importancia de proteger los ecosistemas de alta montaña. Y, si bien, es poco o nada lo que se puede hacer por salvar los glaciares, Parques Nacionales, seguirá haciendo su trabajo de preservar los ecosistemas del parque, así como continuar con la restauración de las zonas degradadas, para que todo el país pueda seguir gozando por mucho tiempo los servicios ecosistémicos que esta área protegida presta.