La Mesa Triunfadora que volvió a creer en los procesos de diálogo
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“Nosotros teníamos miedo de acercarnos a Parques porque creíamos que nos iban a llevar a la cárcel, y ellos también nos tenían miedo porque pensaban que les íbamos a hacer daño”. Así lo relata Jerson Ortiz Franco, integrante de la Junta de Acción Comunal de la vereda El Triunfo, ubicada en uno de los sectores del Parque Nacional Natural La Paya, en Puerto Leguízamo, Putumayo.
En 2019 esta comunidad vivió una ofensiva militar conocida como Operación Artemisa, que afectó el trabajo de años de los campesinos, quienes vieron cómo se quemaban sus cultivos y morían sus animales.
“A mí me subieron a un helicóptero y vi cómo quemaban mi casa, mis cultivos de pimienta, las gallinas y los borugos, todo lo consumió las llamas. Yo no entendía ni aún entiendo porque nos hicieron lo que nos hicieron”, relata entre lágrimas uno de los campesinos. Ese día quedaron rotos los puentes de conversación construidos durante años con los guardaparques, quienes, como consecuencia de esa operación, recibieron amenazas de grupos al margen de la ley, que les prohibieron su ingreso al área.
“Eso fue muy doloroso, nosotros enseñados a trabajar en la selva y trabajar por la comunidad, tuvimos que ser resilientes y hacer caso de no entrar al territorio”, dice Hernán Chilito del Parque La Paya. Así, durante un tiempo, quedaron forzosamente con las manos cruzadas, pero con la firme convicción de velar por la conservación.

Durante el actual gobierno pudieron regresar a la zona “¡Qué alegría ir al territorio, ver esos paisajes tan hermosos y trabajar con la comunidad!”. Chilito no esconde su emoción pues regresar fue el resultado de un diálogo intenso, con diferencias, detractores e incluso incrédulos. Al final, con perseverancia, nuevamente se ha ido “tejiendo el canasto” gracias a la llamada Mesa Triunfadora, un espacio para volver a confiar.
Fueron doce mesas que sesionaron durante varios años. Eran intercambios que, con frecuencia, parecían un consultorio psicológico. “Allí nos desahogamos y dialogamos hasta llegar a acuerdos”, reconoce. Esos diálogos permitieron en 2025 la firma de quince acuerdos individuales y uno colectivo, en los cuales los campesinos manifestaron la necesidad de baños, estufas, una caseta comunal para sus reuniones y espacios tradicionales, además de tanques para el almacenamiento de agua.

“Esto es muy satisfactorio como líder social, porque había desconfianza y tocó ir familia por familia para hablar con cada uno de los beneficios de cuidar el territorio y también beneficiarnos. Imagínate, vamos a tener un baño y también aportar a la conservación, estamos cambiando el chip”, indica la líder social Jessica Ortíz Franco.

Ese “chip”, según ella, lo dejaron abuelos y padres, para quienes una finca bien cuidada era la más “limpiecita”, sin árboles, sin verde, sin nada. Ahora saben que la riqueza está en la variedad de los árboles, en territorios donde no se contamina el agua, en trabajar con ganado optimizando el espacio, tal y como aprendieron en múltiples sesiones de educación ambiental y otras capacitaciones.

“Ya no dejamos tanto espacio para el ganado, ahora sembramos semillas nativas para nuestra alimentación y también las medicinales, estamos cambiando el chip”, asegura Jessica.
En la vereda El Triunfo nuevamente se construyen puentes, se tejen canastos y se trabaja de la mano para ver cómo mejoran las familias sus condiciones de vida y cómo la naturaleza recupera su espacio, reverdece y florece. En el proceso se reafirma que el trabajo en equipo sí permite conservar la naturaleza y crear relaciones fuertes.
“Acá hacemos olla comunitaria y nuestra minga. Ya estamos trabajando en la estructura del techo de la caseta, tenemos columnas y vigas, acá hacemos que las cosas pasen”, concluye Hernán Chilito, quien representa a los guardaparques de Colombia con su corazón de servicio y un amor genuino por las comunidades y la naturaleza.



