Una rana dramática permite estudiar el cambio climático
Caminar por el Parque Nacional Natural El Tuparro en busca de la rana de “dedos largos, habitante de la roca” fue parte del trabajo de la investigadora Alexandra Delgadillo, bióloga de la Universidad de Los Andes. Ella contó con el apoyo de los guardaparques del área protegida para recopilar datos y analizar cómo el cambio climático afecta a esta especie.

Nuestra llegada al Parque Nacional Natural El Tuparro, en Vichada, estuvo marcada por la belleza que se aprecia desde el aire al aterrizar en Puerto Carreño y, más adelante, durante un recorrido por carretera de casi tres horas. Largas vías de color terracota, bosques de galería, morichales y la inmensidad del río Orinoco hacen parte del paisaje de las 548.000 hectáreas que se protegen. En El Tuparro hay registros de Puma concolor (puma), Panthera onca (jaguar) y Tapirus terrestris (tapir o danta).
Este parque fue declarado el 25 de septiembre de 1980, en un reconocimiento a su valor paisajístico, y se ha consolidado como un modelo de conservación integral gracias al fortalecimiento del ecoturismo, el trabajo con las comunidades indígenas y la investigación científica. Esta última actividad es fundamental, no solo en El Tuparro, sino en el Sistema de Parques Nacionales Naturales de Colombia, que desde 1972 tiene registro de los primeros estudios ecológicos y de vegetación, en el Parque Nacional Natural Cueva de los Guácharos. Ese primer antecedente marcó el inicio de una larga trayectoria que ha sido potenciada desde 2022 mediante investigaciones científicas en 57 de las 65 áreas protegidas.
Se trata de trabajos investigativos que abordan temas diversos como la conservación de especies amenazadas, el cambio climático y el conocimiento tradicional de las comunidades locales. Muchas de ellas han sido desarrolladas con universidades, centros de investigación y otros aliados estratégicos, que han encontrado en las áreas protegidas escenarios vivos para entender mejor los ecosistemas más valiosos del país.
Así, científicos y guardaparques han generado estrategias de conservación y un escenario óptimo para responder preguntas de investigación y aportar al cuidado de los ecosistemas. Es un trabajo que se fortalece cada día generando para todos nuevos aprendizajes, tejiendo relaciones con las comunidades y dejando conocimientos aplicables en las áreas protegidas.
Un refugio para las ranitas de las rocas en El Tuparro
“Los guardaparques de El Tuparro han sido muy generosos conmigo. Me han acompañado en la recopilación de información para mi investigación, y así es más fácil, porque son ellos quienes conocen el territorio y sus condiciones de vida”,
comenta Alexandra Delgadillo, bióloga de la Universidad de Los Andes, quien, con sus botas, linterna en la frente y la destreza que da la práctica, camina por el sendero La Anaconda, uno de los atractivos turísticos del parque.
Foto 4. Sendero La Anaconda en el Parque Nacional Natural El Tuparro.
Fuente: Archivo Parques Nacionales Naturales de Colombia

En el sendero, los ojos deben estar bien abiertos y los sentidos alerta, ya que en el recorrido se pueden observar zorros, venados, dantas, picures, serpientes y ranas, en especial la de ´dedos largos habitante de la roca´, que solo se deja ver en la noche y es la protagonista de la investigación que adelanta Delgadillo. Su estudio busca evaluar cómo responden ante los cambios de temperatura en el ambiente y, en particular, en los afloramientos rocosos —uno de los valores objeto de conservación del área protegida—, donde las ranas completan su proceso de metamorfosis.
En un silencio casi sepulcral se deben dar pasos firmes y seguir un sonido peculiar. “Yo la llamo la rana dramática, porque es exagerada para el tamaño que tiene”, dice con una sonrisa la investigadora. Luego de seguir el sonido —que parecen gritos de dolor o de urgencia—, encontramos la rana en un charco formado entre las rocas gigantes del Escudo Guayanés, consideradas las más antiguas del continente americano. Con ayuda de sus linternas, Alexandra Delgadillo y el guardaparque Juan David Trujillo Barbosa inician la difícil tarea de atrapar un ejemplar de esta especie.

Ya en manos de la investigadora, constatamos que la rana no supera los tres centímetros de largo, pequeña para tanto dramatismo. Delgadillo no esconde su felicidad al tener el anfibio entre sus manos mientras explica los objetivos de su investigación y la relevancia de la información recopilada en campo. Juan David Trujillo, guardaparque, comparte esa emoción:
“Uno aprende también de los investigadores. Como acompañamos los recorridos, vamos compartiendo; ellos nos explican los temas técnicos y científicos y uno sigue aprendiendo”.
Ese trabajo en equipo funciona igual en todo el país, fortalece las capacidades de los guardaparques y es una de las estrategias institucionales para impulsar investigaciones colaborativas. Estas han permitido que los equipos de Parques participen directamente en los procesos, adquieran habilidades y conocimientos que permanecen en las áreas protegidas y fortalezcan su autonomía para continuar investigando.
En el Parque Nacional El Tuparro, por ejemplo, se pueden ver montañas de piedra que emergen en medio de la llanura, cerca de ríos o de bosques de galería. Son los afloramientos rocosos del Escudo Guayanés. En la época de lluvias, sobre las depresiones o los huecos de las rocas se forman pequeños cuerpos de agua que pronto se llenan de vida: plantas, insectos y, por supuesto, los renacuajos de esta y otras ranas. Durante el apareamiento, las hembras de esta especie liberan una proteína semejante a la clara de huevo, que los machos baten con sus patas hasta formar un nido de espuma. Allí depositan los huevos, protegidos de la desecación, la radiación y los depredadores. Cuando los embriones eclosionan, los renacuajos salen al agua y continúan su metamorfosis.
“Mi investigación busca identificar, a lo largo del Orinoco, dónde se encuentran estos afloramientos y me interesa evaluar cómo responden las ranas a los cambios en el ambiente. Lo que esperamos es que la ranita de las rocas pueda responder al riesgo de desecación de las charcas, acelerando su desarrollo. Si los renacuajos no aceleran, no van a sobrevivir sin agua. A largo plazo esto podría darnos una idea de cuál es el efecto que tiene el cambio climático sobre estas poblaciones de ranitas”,
explica la bióloga Alexandra Delgadillo.


