Ordenar para conservar: una apuesta que cambió el turismo en los Parques Nacionales
- La primera vez que Nilsson Cardoso recorrió Caño Cristales no había reglamentos ni cálculos serios sobre cuánta gente podía entrar allí. Había hasta ´paseos de olla´ en un río que parecía infinito y de mil colores.
“Lo veníamos como algo normal. Único, sí, pero no entendíamos que había que cuidarlo”, dice.
Llegó hace 20 años a La Macarena y, como muchos colonos, fue testigo de una transición silenciosa: de un territorio gobernado por la ganadería, la tala y las economías ilícitas, a uno que empezó a mirar el paisaje como posibilidad de futuro. Lo que antes era monte, hoy es atractivo. Lo que antes era rutina, hoy es patrimonio. Hoy, Nilsson es guía turístico, dueño de una pequeña agencia y líder comunal; cuando habla del río ya no lo hace como visitante, sino como guardián.
Pero el turismo creció más rápido que las reglas. En el Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena, donde Caño Cristales concentra buena parte de la atención nacional e internacional, el flujo de visitantes empezó a aumentar sin que existiera una estructura clara que lo organizara. La belleza era innegable, pero también su fragilidad. La planta acuática que le da color al río depende de ciclos hídricos precisos, de sombra y estabilidad. Un exceso de visitantes altera ese equilibrio.
“Al principio, cuando nos hablaban de conservación, lo sentíamos como una amenaza. Todo era prohibición”, recuerda Nilsson. “Pero cuando entendimos que había que hacer estudios técnicos para que el lugar se pudiera cuidar, la visión cambió”.
Ese punto de quiebre tiene nombre: planes de ordenamientos ecoturísticos (POE).
Más que un documento, el POE es el instrumento de gestión que define cuántas personas pueden ingresar a las áreas protegidas, por dónde caminan, cuáles zonas están habilitadas, qué infraestructura se permite y cómo se construye la cadena de valor. El Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena es un claro ejemplo de este nuevo modelo transformador.
“Para nosotros fue muy importante la intervención de Parques Nacionales, porque eso ha ayudado a que nosotros como guías de turismo realmente cuidemos, hagamos las cosas bien, hagamos buen uso del atractivo. Y como familias campesinas que hacemos parte del ecoturismo, nos educamos, conservamos, dejamos esas costumbres de depredar los bosques. Y como agencia también es muy grato poder tener esos derechos, esos permisos para operar y poder ofrecerles a los viajeros nacionales e internacionales que puedan llegar a un lugar natural como este”. Afirma Nilsson con alegría.
Hoy el Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena tiene tres escenarios disponibles: Caño Cristales, Mirador Cristalitos y Raudal Angosturas. La cadena de oportunidades del ecoturismo beneficia aproximadamente a 250 familias en el municipio y es ya el segundo renglón de la economía de La Macarena.
“Después de nosotros vivir en el campo muchos años, talando, dañando los ecosistemas para subsistir; después de ver esta importancia, ver que muchas personas conectan con este lugar, esto nos hace crecer a nosotros como personas, como guardianes, como cuidadores de este lugar”.
Del río al arrecife
A cientos de kilómetros, en el Caribe colombiano, el desafío fue distinto. En Barú, dentro del Parque Nacional Natural Corales del Rosario y San Bernardo, Luis Ramírez fundó Coral de Fuego después de ver que empresas externas operaban recorridos por manglares y arrecifes.
“Nosotros que somos conocedores del territorio, somos locales, somos nativos, entonces quién más que nosotros para que hiciera ese trabajo”, menciona con orgullo.
El proyecto nació en 2018. Ese mismo año comenzaron los acercamientos con Parques Nacionales. Hubo procesos formativos, intercambio de experiencias y fortalecimiento organizativo. La cooperación internacional apoyó el componente legal y estructural.
“Coral de Fuego es una agencia legalmente constituida desde principio a fin, tenemos toda nuestra documentación en regla”. Pero más allá de la legalidad, el cambio fue pedagógico. Cada salida al mar se convirtió en un acto de educación ambiental.
“Cuando hacemos snorkel no usamos aletas, porque si no las sabes usar puedes causar un impacto negativo al ecosistema. Antes de entrar al agua no te pongas protector solar porque estamos en un área protegida”, subraya.
El ordenamiento en Corales no sólo delimita zonas de uso y otras estrictamente protegidas. Cambió la legitimidad de la operación: hoy quienes conocen el arrecife son quienes explican su valor, lo protegen y viven de él.
Un instrumento que ordena el futuro
En todo el país, Parques Nacionales Naturales ha logrado 21 planes de ordenamiento ecoturístico, formulados o actualizados siempre de la mano de las comunidades locales. El instrumento dejó de ser un mero trámite técnico para convertirse en una hoja de ruta que define dónde, cómo y con quién puede ser desarrollada una actividad permitida dentro de las áreas protegidas. Ese ordenamiento no busca cerrar los parques al visitante. Permite evitar que el visitante termine convirtiéndose en una presión indebida.
En ambos extremos del país —el río de colores y el arrecife coralino— el patrón se repite: sin reglas, el turismo puede erosionar lo que admira; con reglas, puede convertirse en aliado de la conservación.
Nilsson lo resume sin discursos técnicos: “Hay que seguirlo cuidando y hay que seguir construyendo caminos porque ese es el futuro de nuestros jóvenes. Ese es el legado que le podemos dejar a las nuevas generaciones”.


