La economía que nace del sendero
- A las cinco de la mañana, cuando Cali apenas comienza a despertar, en Pance ya hay radios encendidos y listados revisados. El ascenso hacia Pico de Loro, en el Parque Nacional Natural Farallones de Cali, no se abre solo: se coordina. Cada ingreso tiene un cupo, un guía asignado y una responsabilidad compartida. Sin embargo, esto no fue siempre así. “El turismo era muy desordenado, había un impacto muy, muy grande” recuerda Sara Costa Garcia, guía e intérprete ambiental de la Fundación Pico Pance.
Por muchos años, la cercanía de esta área protegida con la ciudad convirtió este sector en uno de los más frecuentados por los turistas. La montaña recibía visitantes sin registro claro, sin turnos definidos y sin una estructura comunitaria que organizara la experiencia. El bosque empezó a resentirse por senderos ampliados, ruido constante y presión sobre el ecosistema.
La Fundación no surgió como operador turístico, sino como respuesta a ese fenómeno. Antes de cualquier formalización, la comunidad decidió asumir un rol que consideraba urgente: defender el ingreso.
“Yo creo que ha sido demasiado complicado, esto es un trabajo de gobernanza comunitaria, al inicio fue muy difícil porque nos tocaba como comunidad pararnos a defender el parque, las personas que desde un inicio estaban acostumbradas a ir sin ningún tipo de control, sin ningún tipo de norma”, afirma Sara, guía de la Fundación Pico Pance.
El proceso no fue inmediato. Desde 2015 buscaban un camino de coordinación institucional que les permitiera ordenar la visita sin excluir a quienes dependen del disfrute de esas actividades. Entre 2023 y 2024 lograron formalizar un acuerdo con Parques Nacionales Naturales, que dio paso a una operación organizada: capacidad de carga definida, reservas previas, acompañamiento permanente y responsabilidades claras entre comunidades e institucionalidad. Lo que cambió no fue solo el flujo de visitantes, cambió la relación con la montaña.
“Los beneficios digamos que no solamente son económicos porque recibimos una remuneración por medio del ecoturismo, sino que también son ambientales, sociales, porque gracias a eso podemos tener un fondo de donde socialmente apoyamos a nuestra comunidad, al igual que el impacto ambiental es grandísimo”, menciona Sara.
En Pance, el sendero no es solo un atractivo ecoturístico. Es parte de la cuenca que abastece de agua al corregimiento. Organizar la visita significaba proteger una fuente vital y, al mismo tiempo, crear empleo real. Hoy la operación comunitaria vincula a personas de la misma comunidad como guías en el control, para el acompañamiento, y por eso el ingreso económico se queda en la misma zona.
Esa experiencia local hace parte de una transformación más amplia. En Colombia, 26 áreas protegidas del Sistema de Parques Nacionales Naturales reciben visitantes bajo esquemas organizados compatibles con la conservación. Más de 872 familias y personas están vinculadas directamente con actividades ecoturísticas, y en los últimos dos años 538 prestadores de servicios ecoturísticos fortalecieron sus capacidades mediante procesos de formación.
Las cifras no son menores. Las áreas protegidas con vocación ecoturística superaron por primera vez los 2,5 millones de visitas anuales, consolidando un sistema de registro y control que antes no existía con estas dimensiones. Detrás de ese número hay más que turistas, hay territorios reorganizados.
En Farallones, el visitante no entra apenas a caminar, recibe inducción, entiende por qué no puede salir del sendero, por qué el silencio es parte de la experiencia y por qué la montaña no es un parque urbano sino un ecosistema frágil. Es una experiencia de disfrute, pero también de educación ambiental.
Durante años, la conservación fue percibida por muchas comunidades como restricción: prohibiciones, límites, controles. El ecoturismo introdujo otro lenguaje: corresponsabilidad. Cuando el ingreso depende de que el ecosistema esté sano, el cuidado deja de ser una imposición y se convierte en beneficio tanto para la comunidad como para la naturaleza.
En otras áreas con vocación ecoturística, la organización comunitaria también ha permitido reducir la informalidad y fortalecer la gobernanza local. La lógica es similar: sin reglas, el turismo puede convertirse en presión; con reglas, puede ser aliado de la conservación.
Eso no significa ausencia de retos. El aumento de visitantes exige monitoreo constante, actualización de capacidades y coordinación permanente entre comunidad e institucionalidad. La planificación no es estática; se ajusta según el comportamiento del ecosistema y la demanda. Pero el cambio ya es visible. En Pance, donde antes el ingreso era espontáneo y sin control, hoy hay organización, donde antes el parque era visto a distancia, hoy se asume como una oportunidad compartida.
Sara lo resume desde su vivencia “Nosotros tenemos una gran deuda con la naturaleza; es nuestra casa, es nuestra vida, nuestro corazón está ahí”.
Esa frase condensa la transformación; el ecoturismo no reemplaza la conservación, depende de ella. Y esa ecuación integra visitantes con reglas claras, comunidades organizadas y ecosistemas protegidos para que el país empiece a consolidar una forma distinta de desarrollo: una economía que avanza, no a pesar de la biodiversidad, sino gracias a ella.


