Naturaleza sin fronteras

Naturaleza sin fronteras

1 de agosto de 2026
  • Cuando un río cruza una frontera no cambia de nombre. Los bosques continúan más allá de las líneas dibujadas en los mapas y las especies recorren territorios sin detenerse ante un puesto de control. La naturaleza siempre ha estado conectada. El reto ha sido aprender a conservarla de la misma manera

Por Luisa Castillo Ramírez

Durante mucho tiempo, la protección de la biodiversidad fue concebida desde los límites administrativos de cada país. Sin embargo, los ecosistemas funcionan de otra manera. El agua conecta montañas con selvas, los corredores ecológicos permiten el desplazamiento de cientos de especies y las comunidades que habitan estos territorios comparten conocimientos y formas de relacionarse con la naturaleza que trascienden las fronteras políticas.

Hoy la realidad impulsa una nueva forma de hacer conservación entendiendo que proteger un bosque también significa conectar personas, instituciones y países.

“La biodiversidad no conoce fronteras. Hemos entendido que la conservación no se compartimentaliza; requiere que planifiquemos, monitoreemos y actuemos de manera conjunta”, afirma Edgar Vicuña, del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado del Perú (SERNANP).

Esa visión se expresa en el corredor biológico que une el Pacífico nariñense, el piedemonte costero, los Andes, la laguna de La Cocha, el Santuario de Flora y Fauna La Corota y el Valle de Sibundoy. Allí, la conservación no solo busca restaurar ecosistemas, sino fortalecer el trabajo que durante generaciones han liderado comunidades indígenas, campesinas y organizaciones locales.

Para Olivio Visbikus Pascal, director de la Reserva Indígena Awá La Nutria Piman, el valor del proceso está en reconocer ese conocimiento acumulado.

“Nuestro territorio ha sido conservado ancestralmente. Durante generaciones hemos cuidado la biodiversidad y protegido integralmente esta tierra. Lo que esperamos ahora es fortalecer esas iniciativas que ya existen y seguir construyendo, junto con las comunidades, un camino para cuidar la vida y el buen vivir.”

Ese fortalecimiento se refleja en acciones concretas: restauración ecológica, producción sostenible, viveros forestales, conservación de especies y procesos de gobernanza ambiental liderados por las propias comunidades.

Con esa visión nació BioSur, una iniciativa que destina USD 13,73 millones para impulsar la restauración y conservación de 157.000 hectáreas, fortalecer otras 150.000 hectáreas de paisajes productivos y beneficiar directamente a 13.000 personas en una de las regiones con mayor diversidad biológica del país. 

Esas cifras cuentan solo una parte de la historia. En las zonas de amortiguación del Santuario de Flora y Fauna Galeras nacen 125 ríos y quebradas que abastecen de agua a siete municipios de Nariño. Allí, durante dos décadas, organizaciones comunitarias han propagado más de un millón de árboles nativos, convencidas de que restaurar un bosque también significa asegurar el agua, proteger los suelos y mejorar la calidad de vida de quienes habitan la zona.

Marino Delgado, integrante de la Asociación Agropecuaria y Ambiental Galeras (ASAGAL), resume esa idea con una reflexión sencilla: “Conectar el bosque y las áreas protegidas también significa conectar a las personas. Cuando alguien comprende el valor de un área protegida, empieza a protegerla. Por eso este corredor también busca generar conciencia y hacer que cada vez más personas se sumen a la conservación.”

La conectividad, sin embargo, no termina donde acaba un corredor ecológico. Los ecosistemas que unen Colombia también se extienden hacia Ecuador y Perú. Esa realidad llevó a los tres países a construir una forma distinta de trabajar: dejar de pensar la conservación desde las fronteras nacionales para hacerlo desde un paisaje compartido.

Así nació el Comité Trinacional, un espacio de coordinación que articula el trabajo entre los sistemas de áreas protegidas de los tres países para enfrentar desafíos comunes, intercambiar conocimientos y fortalecer la gestión de más de cuatro millones de hectáreas de ecosistemas estratégicos.

Para Byron Lagla, director de Áreas Protegidas y Otras Formas de Conservación del Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica de Ecuador, la cooperación ha permitido consolidar una visión regional.

“Compartimos una misma biodiversidad y enfrentamos desafíos comunes. Por eso hemos unido esfuerzos, intercambiado conocimientos y fortalecido nuestras capacidades para responder de manera conjunta. La conservación tiene mucho más sentido cuando se construye entre los tres países que comparten este territorio.”

Más allá de los acuerdos institucionales, el trabajo trinacional ha permitido coordinar monitoreos de biodiversidad, fortalecer el control y la vigilancia en zonas de frontera, promover intercambios técnicos entre guardaparques y construir una gobernanza que entiende el paisaje como una unidad ecológica.

Para José Vicente Revelo, director de la Asociación para el Desarrollo Campesino (ADC), el mayor logro de estos procesos es que han dejado capacidades instaladas en los territorios.

“La cooperación internacional es fundamental porque estos sueños no pueden depender únicamente de un proyecto. Lo más importante es que hoy existe confianza entre las comunidades, las organizaciones y las instituciones. Cuando esa confianza se construye, también se vuelve posible construir acuerdos duraderos para conservar.”

Los ríos seguirán cruzando países, los bosques continuarán conectando montañas con selvas y las especies recorrerán los mismos caminos que han transitado durante siglos. La diferencia es que hoy, cada vez más personas, comunidades e instituciones también han decidido recorrerlos y cuidarlos juntas.