
Conservar también puede transformar vidas
- Una alianza entre Parques Nacionales Naturales de Colombia y la cooperación alemana ha fortalecido la gestión de 37 áreas protegidas y acompañado a más de 2.800 familias que hoy demuestran que la conservación también puede generar oportunidades para las comunidades vecinas.
Por Luisa Castillo Ramírez
Durante décadas, cientos de familias campesinas, indígenas y afrodescendientes han sido las primeras guardianas de algunos de los ecosistemas más importantes de Colombia. Han protegido bosques, páramos, manglares y ríos porque entienden que de ellos depende su sustento y el de las futuras generaciones. Sin embargo, durante mucho tiempo esa labor transcurrió en silencio, con pocas oportunidades para fortalecer sus actividades productivas y mejorar su calidad de vida.
Hoy esa realidad empieza a cambiar.
La alianza entre Parques Nacionales Naturales de Colombia y la cooperación alemana, a través del programa Áreas Protegidas y Diversidad Biológica, demuestra que la conservación y el bienestar de las comunidades pueden avanzar de la mano. Su impacto no solo se refleja en los ecosistemas protegidos, sino también en las historias de quienes encontraron nuevas oportunidades para producir de manera sostenible, fortalecer sus organizaciones y continuar siendo aliados fundamentales en la protección de la biodiversidad.
Los resultados evidencian la dimensión de este trabajo conjunto. El programa fortaleció la gestión de 37 áreas protegidas, benefició a 2.852 familias mediante iniciativas productivas compatibles con la conservación e impulsó procesos de restauración ecológica, fortalecimiento institucional, monitoreo de la biodiversidad, infraestructura y ordenamiento del ecoturismo. Además, permitió restaurar más de 1.100 hectáreas y formular 15 planes de ordenamiento ecoturístico para fortalecer el manejo de las áreas protegidas y generar mejores condiciones para conservar el patrimonio natural del país. Lograr esas cifras depende, sobre todo, de las personas.
Flor Castillo conoce de cerca lo que significa conservar. Vive en la vereda San José de Bombalá, zona de influencia del Parque Nacional Natural Galeras. y desde hace 18 años participa en procesos de conservación promovidos por Parques Nacionales Naturales. En ese tiempo aprendió que proteger el bosque también implicaba transformar la manera de producir en su finca. Sin embargo, durante muchos años hacerlo significó enfrentar limitaciones por la falta de herramientas e infraestructura.
“Antes era difícil porque no contábamos con los implementos. A uno como campesino se le dificulta mucho trabajar así. Cuando Parques nos dijo que podíamos seguir conservando y al mismo tiempo fortalecer nuestras fincas, sentí que era una oportunidad muy bonita, porque lo que uno ha hecho se lo premian. Es un premio por lo que uno ha conservado y todo lo que uno ha aprendido.”
Gracias al programa, Flor recibió equipos que hoy facilitan el mantenimiento de su cultivo de café y mejoran la productividad de su finca. Sin embargo, el beneficio más importante, asegura, no es únicamente económico.
“Ahora tengo más tiempo. Puedo dedicarles tiempo a mis hijos y, si me invitan a una reunión sobre conservación, puedo asistir porque ya no tengo que estar todo el día haciendo trabajos que antes hacía manualmente.”
Historias similares comenzaron a repetirse en distintas regiones del país. Las inversiones permitieron fortalecer sistemas productivos sostenibles, mejorar procesos agrícolas y pecuarios, impulsar iniciativas de turismo de naturaleza y brindar herramientas para que las comunidades desarrollen actividades compatibles con la conservación.
Para Rosalbina Linares, habitante de la vereda Maracaibo, zona de influencia del Parque Nacional Natural Sierra de La Macarena, el impacto se refleja en algo tan cotidiano como ver crecer el pasto que hoy alimenta su ganado.
“Nos mejoraron las praderas, nos dieron alambre y postes para organizar la finca. Eso significa más alimento para el ganado, una mejor producción y mejores condiciones para nuestro sustento. Ha sido una bendición para nosotros.”
Ese tipo de acciones no solo fortalecen la economía familiar. También permiten hacer un mejor uso del suelo, reducir presiones sobre los ecosistemas y consolidar prácticas productivas que hacen compatible la conservación con el desarrollo rural.
El impacto también llegó al Pacífico colombiano. Allí, comunidades pesqueras recibieron acompañamiento para fortalecer la pesca sostenible, mejorar la transformación y comercialización de sus productos e incorporar tecnologías que reducen pérdidas y aumentan sus ingresos.
En esa región el proceso benefició a 325 personas, organizadas en 11 núcleos de trabajo, pertenecientes a 14 comunidades, seis consejos comunitarios y cuatro municipios. Como parte del proyecto fueron entregados motores para reemplazar equipos obsoletos, mallas reglamentarias, anzuelos para pesca selectiva y sistemas de cadena de frío alimentados con energía solar, una solución especialmente importante en zonas donde el acceso a la electricidad es limitado.
Para Eduard Javier Lerma, coordinador del proyecto Buenas Prácticas de Pesca en la zona de influencia del Parque Nacional Natural Sanquianga, el verdadero éxito del proyecto no estuvo en las entregas, sino en la forma como fueron construidas.
“Estuvimos durante dos años trabajando en la capacitación y en la formulación conjunta de los proyectos. Ese ha sido el éxito, porque no les trajimos algo hecho, sino que lo construimos con las comunidades. Cuando uno escucha a la gente entiende realmente qué necesita el territorio y evita invertir en soluciones que no responden a su realidad.”
Ese proceso permitió superar una de las principales barreras: la desconfianza. Al inicio, recuerda Lerma, muchas comunidades pensaban que se trataba de una promesa más que nunca se cumpliría. La participación permanente de Parques Nacionales y del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico en cada reunión, capacitación y decisión permitió construir relaciones de confianza y demostrar que las comunidades serían protagonistas de todo el proceso.
Otro de los aspectos que marcó la diferencia fue la decisión de trabajar desde lo colectivo. En lugar de entregar apoyos individuales, el proyecto potenció iniciativas comunitarias para que los beneficios permanecieran en el territorio fortaleciendo las organizaciones locales.
“No trabajamos de manera individual. Todo se construyó para beneficio colectivo porque estamos en territorios colectivos. Ese ha sido uno de los mayores aciertos del proyecto y una de las razones por las que creemos que sus resultados podrán mantenerse en el tiempo.” (¿de quién es esta cita?)
Ese enfoque permitió que la cooperación trascendiera la entrega de recursos y dejara capacidades instaladas para el futuro. Las comunidades fortalecieron sus organizaciones, adquirieron conocimientos técnicos y administrativos, mejoraron sus procesos productivos y consolidaron una relación de trabajo conjunto con Parques Nacionales Naturales que seguirá impulsando nuevas iniciativas de conservación.
Hoy, el legado del programa no solo puede medirse en las 37 áreas protegidas fortalecidas, las 2.852 familias beneficiadas, las más de 1.100 hectáreas restauradas o los 15 planes de ordenamiento ecoturístico que orientan el manejo sostenible de los territorios. También se mide en la confianza construida entre las comunidades y las instituciones; en las familias que hoy cuentan con mejores herramientas para vivir de manera sostenible; en los pescadores que agregan valor a sus productos sin aumentar la presión sobre el mar; en los caficultores que mejoran su productividad mientras conservan el bosque; y en las comunidades que encontraron una nueva razón para seguir protegiendo los territorios que han cuidado durante generaciones.
Flor Castillo resume ese legado con una frase sencilla, pero prometedora: “La verdad nosotros nos comprometemos a seguir conservando, a seguir en nuestro proceso de conservación.”
Quizás esa sea la mayor evidencia del impacto de esta alianza: cuando la cooperación fortalece a las personas, también fortalece la conservación. Porque los territorios protegidos no solo dependen de los ecosistemas que albergan, sino de las comunidades que, día tras día, deciden seguir cuidándolos.


